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Palco23 Cientos de cámaras apuntando a los estadios, miles de aficionados transitando por las instalaciones y conociendo los puntos más turísticos de la ciudad, millones de personas viendo por televisión escenarios de la misma que antes, quizás, desconocían. Y, luego, ¿qué? Es la gran pregunta que debe responder cualquier ciudad candidata a albergar unos Juegos Olímpicos, cuyo principal reto no sólo es garantizar una buena organización, sino asegurarse un rendimiento futuro de la inversión hecha.

El legado, como lo define el Comité Olímpico Internacional (COI), es el objeto de análisis de este reportaje, el primero de una serie sobre el futuro del deporte y que cuenta con el patrocinio de Open Camp, el primer parque temático dedicado al deporte. Se trata de una cuestión que está más que nunca encima de la mesa del organismo presidido por Thomas Bach, después de asumir con pesadumbre que muchas de las instalaciones que se levantaron para los JJOO de Atenas 2004 están abandonadas y en desuso, como se recoge en este reportaje fotográfico de Reuters.

Un agravante para una Grecia sumida en una profunda recesión económica y conflictividad social a cuenta del descontrol en el gasto público de los últimos años. Como muchos critican en el país, una parte (11.000 millones de euros) se debe a una serie de inversiones con la excusa olímpica que debían impulsar a un país que hoy está al borde del precipicio. Un resultado muy distinto al de Barcelona 1992, la cita que desde el COI valoran como la más exitosa en cuanto a su impacto en la ciudad y cuyo espíritu quieren transmitir a las futuras sedes.

Atenas 2004 Villa Olímpica  650

Atenas no ha sabido reutilizar ni siquiera la villa olímpica que construyó, como sí han hecho Barcelona o Londres. / Reuters -Yannis Behrakis

La señalización de los Juegos como uno de los problemas del país heleno no sentó nada bien al COI, que a finales de 2014 introdujo diversos cambios de criterios a la hora de escoger nuevos escenarios olímpicos. El objetivo no es otro que evitar que se repitan errores y facilitar una de las tareas más complejas cuando todos los atletas regresan a su país: dar un nuevo uso a los equipamientos construidos para la ocasión.

Las primeras ciudades que se someterán a los nuevos criterios son París, Roma, Hamburgo, Budapest y Los Ángeles, que ya han presentado oficialmente su candidatura para 2024 y, en muchos casos, haciendo precisamente gala de instalaciones deportivas ya existentes para minimizar costes. Es una fórmula que precisamente ya utilizó Barcelona, capaz de conjugar inversiones necesarias (las dos carreteras de circunvalación que dan acceso a la ciudad, conocidas como Ronda de Dalt y Ronda Litoral) con equipamientos que ya funcionaban, como el Camp Nou o el Real Club de Polo.

La clave la da el estudio Mosaico Olímpico, de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), en el que, tras un análisis pormenorizado de gastos e ingresos vinculados a los Juegos se asegura: “buena parte del éxito y del carácter modélico de Barcelona’92 se debe a las inversiones, a su calidad (infraestructuras) y su cantidad (10.660 millones de euros)”. Además, según el documento, de ese importe, sólo 976 millones fueron necesarios para equipamientos deportivos, mientras que el resto sirvió para desarrollar la ciudad, como por ejemplo la reconversión de la Villa Olímpica en lo que hoy es el barrio del Poblenou.

El éxito de Barcelona lo confirma Thomas Bach, presidente del COI, quien a principios de agosto y de visita en Brasil aseguró sobre Río 2016 que “será el proyecto de renovación urbana más grande desde que los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 transformaron esa ciudad”, dijo. “El mundo va a hablar de un Río de Janeiro antes de los Juegos y una mejor Río de Janeiro después de los Juegos”, aseguró ante un comité organizador que espera que el principal legado en la ciudad brasileña sean las nuevas líneas de transporte (tren ligero, buses con carril propio y metro) y una mejora del sistema de saneamiento de aguas tras las quejas de los atletas y que supondría un aliciente más para la mejora del turismo.

Este último aspecto es considerado uno de los intangibles que ofrecen los Juegos, y que en el caso de Barcelona le ha permitido multiplicar por cuatro la llegada de visitantes desde 1990 (más de siete millones en 2014). A Londres, por ejemplo, le ha permitido potenciar su papel de gran ciudad para acoger eventos puntuales de competiciones foráneas como la NFL o la NBA, y este año el Mundial de Rugby.

Wembley Stadium 2012

Más allá de los Juegos, Wembley ha acogido finales de Champions League, partidos oficiales de la NFL e incluso de la Premier League.

Pero, ¿cómo se rentabilizan estas instalaciones a priori pensadas para acoger a los mejores atletas de todo el mundo? ¿Es posible darles un uso alternativo? En 2013, y para acallar críticas, el COI elaboró un documento en el que se lanzaban ideas para futuras candidaturas de qué usos se podrían dar a los equipamientos que se idearan originalmente para ser el epicentro del movimiento olímpico durante un verano.

El organismo pone como ejemplo de inversión a largo plazo el Estadio Olímpico de Estocolmo, levantado para la edición de 1912 y que hoy sigue en pie para albergar pruebas de atletismo en Suecia e incluso conciertos. Aunque en este ámbito, Barcelona y Londres vuelven a erigirse en ejemplos sobre cómo aprovechar realmente estos activos. Y no es de otra manera que apostando fuerte por convertirse en ciudades vinculadas al deporte, pujando por albergar el máximo de pruebas de élite posibles.

La capital de Reino Unido, que construyó Wembley para los JJOO de 1948, lo rehízo para la cita de 2012 pensando a largo plazo: en 2011 ya se estrenó con una final de la Champions League, estos años seguirá acogiendo las series internacionales de la NFL, en octubre albergará encuentros del Mundial de Rugby; Chelsea FC y Tottenham quieren mudarse ahí mientras renuevan sus estadios y en 2017 recibirá los Mundiales de Atletismo. Por otro lado, el estadio erigido en el Queen Elizabeth Olympic Park ha sido concesionado a Vinci y el West Ham pagará un alquiler anual a partir de 2016 para jugar allí sus partidos como local en la Premier League.

Y al igual que en Barcelona, los polideportivos y piscinas construidas para la cita olímpica han sabido rentabilizarse con su conversión en centros públicos para que los ciudadanos puedan abonarse. Sin embargo, el gran problema de la capital catalana había sido hasta ahora qué hacer con el Estadio Olímpico de Montjuïc.

Encajado en la montaña del mismo nombre, el Ayuntamiento logró sacar provecho a la infraestructura gracias a su alquiler al RCD Espanyol entre 1997 y 2009, que jugó ahí sus partidos de Liga mientras construía su nuevo hogar en Cornellà-El Prat. Desde entonces, no ha sabido encontrarle un uso recurrente y que asegure su rendimiento, como sí ocurre con el Palau Sant Jordi (conciertos y eventos deportivos puntuales) o las ya mencionadas Piscinas Picornell, que en los últimos años ha acogido distintas competiciones.

Open Camp

El Anillo Olímpic de Montjuïc dará un nuevo impulso a su reutilización tras los Juegos el próximo año.

Ahora, todo podría dar un vuelco y la ciudad encontrar una nueva fuente de ingresos que evite que Barcelona resurja en el mapa por disponer de una instalación casi en desuso y al borde del abandono. Y lo hará con una fórmula novedosa: la construcción de un parque temático vinculado al deporte que experimente con la tecnología y que, dadas las condiciones de uso, siga asegurando que puede acoger puntualmente conciertos de masas. La iniciativa está promovida por Open Camp, que ya ha levantado 13,5 millones de euros y ha logrado convencer a multinacionales del tamaño de Microsoft, Allianz, Randstad, TUI Travel, Huawei, Expolicencias o Atos para que también inviertan otros siete millones.

Y es que la reconversión de equipamientos olímpicos no sólo tiene que ver con un uso deportivo de por vida, aunque en la mayoría de casos sea esa la única opción. El Palau dels Esports de Barcelona, construido en 1955 y que en 1992 acogió la gimnasia rítmica, se remodeló en el 2000 para orientar su actividad hacia el teatro y los espectáculos musicales, mientras que el Puerto Olímpico se ha acabado convirtiendo en una zona de restaurantes muy transitada por turistas, al tiempo que los amarres ya no sólo sirven exclusivamente para embarcaciones para la práctica deportiva.

El caso de Londres es más radical, ya que el equivalente al Anillo de Montjuïc, el Queen Elizabeth Olympic Park, no sólo ha abierto al público los equipamientos deportivos, sino que además reconvertirá la villa olímpica en pisos habitables como hizo Barcelona en el Poblenou. Por si fuera poco, algunos de estos inmuebles están siendo reconvertidos en colegios, centros sanitarios y complejos de oficinas, dinamizando, en opinión del Ayuntamiento londinense, el East London, que califica de “páramo industrial”.

Fue la gran inversión de la ciudad, que también hizo gala de un control de costes serio y acabó destinando un total de 6.248 millones de libras (8.498 millones de euros); de éstos, menos de un 20% sirvió para nuevas instalaciones deportivas. Ello supuso un regreso a la relativa normalidad, después de un 2008 en el que China hizo gala de un gasto de casi 40.000 millones de euros en equipamientos que hoy bordean el abandono.

Muestra de ello es el reportaje gráfico de Reuters en 2012. En él se muestran múltiples pabellones vacíos, ya que el Gobierno de China decidió construir prácticamente uno por disciplina, o el centro acuático, que se reconvirtió en parque de atracciones sin demasiado éxito. El mayor problema, no obstante, es el Estadio Nacional de Pekín, imponente infraestructura que, tras los JJOO, apenas alberga un partido de fútbol al año y siempre de equipos extranjeros que realizan una gira, ante el poco tirón actual del fútbol en el país. Este año, al menos ha acogido los mundiales de atletismo, aunque con fuertes críticas de los deportistas por la contaminación.

The 2008 Beijing Olympics venue for the beach volleyball competition lies deserted and unmaintained in central Beijing

Pekín construyó un estadio para el voley playa y hoy está abandonado. /Reuters – David Gray

Tanto el caso de China como el de Grecia, los dos más señalados por su mala gestión posterior, contrastan con el de la cita previa a ambos, en Sidney 2000. La capital australiana ha sabido dotar de un uso recurrente a los equipamientos edificados para la ocasión, tanto en los estadios con partidos de las ligas de fútbol, rugby y críquet, como los pabellones con conciertos o el centro de tenis con uno de los principales torneos de la ATP.

Tanto Sidney, como Barcelona y Londres, reflejan los principios que deben regir la elección de las futuras sedes: los Juegos como catalizador de la transformación económica y social de las ciudades, a través de inversiones en infraestructuras y exposición mediática. Como se ha visto, no siempre se ha cumplido, y para orregir errores, en la Agenda 2020 aprobada a finales de 2014 se decidió reforzar el análisis de riesgos y oportunidades, con el foco puesto en la sostenibilidad y el mencionado legado.

Como parte de esta nueva filosofía, “el COI alentará activamente el uso máximo de las instalaciones existentes y el uso de lugares temporales y desmontables en los que no existe necesidad de un legado a largo plazo”. Y es que, sólo en ciudades como Barcelona, Londres o Sidney se ha logrado dar un uso real a los equipamientos que se construyeron con motivo de unos Juegos, ya sean pabellones, inmuebles de la villa olímpica o infraestructuras viarias.

En este sentido, y para garantizar que cualquier ciudad pueda ajustarse a los nuevos parámetros en los que ya no prima el volumen de inversión, el COI “permitirá la organización de competiciones preliminares -o deportes o disciplinas enteras- fuera de la ciudad anfitriona, o en casos excepcionales, fuera del país de acogida, si se ofrece un concepto de lugar más sostenible”.

En otras palabras: no será tan importante la inversión que se realice en la construcción de equipamientos, sino la capacidad de aprovechar elementos existentes para garantizar la buena práctica deportiva y centrar los recursos en inversiones que realmente mejoren la experiencia de los atletas y, sobre todo, la de los ciudadanos que seguirán allí una vez se marchen los aficionados, los atletas y las miles de cámaras de televisión.

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